La imagen de Leonardo da Vinci elegida para representarme es tan sólo un pequeño tributo a este hombre tan memorable al que profeso una especial admiración. Casi diría fascinación idólatra, puesto que al sumergirme en el conocimiento de su vida, a través de la abundante bibliografía existente (muy recomendable la reciente publicación Leonardo, el vuelo de la mente de Charles Nicholl), descubrí al hombre, mucho más allá del genio, del artista, del científico o del ingeniero, sobre todo, un hombre con una mente inquieta y una curiosidad por conocer que marcaron su existencia.
Cuando descubres los detalles de su biografía encuentras a un hombre obsesionado por conocer. Un hombre dotado de supina destreza para las artes, con un talento inconmensurable para la ciencia, en definitiva, un intelecto privilegiado para desarrollar cualquier conocimiento que le pudiera interesar. Un hombre que sufría por querer conocerlo todo, por introducirse en los entresijos de lo que acontece ante sus ojos. Una mente inquieta en un hombre calificado de iletrado en su época pero que absorbía de los libros todo cuanto necesitaba, pero a veces, no se saciaba y desarrollaba su propia teoría. A lo largo de su vida se le podía ver absorto, reflexivo, parecía distraído, siempre cavilando, estrujándose la materia gris por cosas, tan aparentemente banales para el resto, como el vuelo de un pájaro o el movimiento del agua en el cauce de un río. Esta inquietud insaciable le llevó a inacabar mucho de lo que emprendía; los encargos artísticos que finalizó son fácil de cuantificar, siendo muchos más los que abandonó sin llegarse a conocer.
No podía abarcarlo todo, pero lo intentaba y no cejaba en su empeño, como intentar atrapar en balde agua con las manos pero no abandonar hasta encontrar una solución.
En sus escritos podemos apreciar, con una escritura abigarrada y repleta de dibujos, sus intentos por anotar sus ideas, pensamientos, teorías, sentimientos y todo aquello que brotaba de su cabeza como un volcán en constante erupción. El interés por conocer nacía con fuerza, se diversificaba, se ampliaba y desarrollaba hasta la obsesión, se convertía en una necesidad vital que le atrapaba en su mundo, que le hacía despegarse de la realidad por momentos, descuidando el alimento y el descanso. Pero la misma fuerza que le impulsaba a conseguir cadáveres clandestinamente para diseccionarlos y estudiar la anatomía, se veía frenada de repente por un nuevo reto, descubrir el porqué del movimiento de un músculo, abandonando su camino inicial para comenzar uno nuevo. Un comienzo constante, la luz y el eclipse se repetían cíclicamente. Una tormenta sin fin de pensamientos provocaba su inquietud y era la que le convirtió, a la vez, en un genio reconocido de su época y a ser incapaz de concluir apenas una mínima parte de lo que iniciaba.
Con todo esto no es mi deseo psicoanalizar a Leonardo, sólo resaltar este aspecto tan fascinante. Quizás porque me veo reflejado en esa actitud (salvando la abismal distancia) y sufro esa misma inquietud. Por eso mismo no siempre acabo lo mucho que empiezo, por eso mismo me interesan tantas cosas: leer, escribir, pintar, ver mucho cine y hacerlo todo con música. Pero no siempre termino los libros que comienzo a leer, porque la idea de un relato brota de repente y me lleva e escribir y solo pensar en ello. No puedo terminar un dibujo porque necesito coger las acuarelas y expresar un nuevo sentimiento para calmar mi impaciencia. Mientras veo una película necesito fotografiar un momento fugaz y solo puedo pensar en ello. Abandono algo sin darme cuenta cuando me intereso por otra a la vez.
Por eso mismo me fascina Leonardo y por eso mismo en este trastero guardaré lo que no pueda terminar por si algún día tengo la fuerza suficiente para hacerlo.